martes, 7 de junio de 2016

Te lo advierto

Voy a jugar contigo.
No sabrás si te escucho distraída
o si devoraría tu boca.
Si eres tú el reflejo entre las líneas
o si añoro otros amores infinitos.

No voy a darte tregua.
No sabrás de quién era la espalda
 del sueño que te cuente.
Ni si te rocé queriendo al lado de la barra
los dedos distraídos y la risa.


Voy a dejarte con la duda
de si sonrío inevitablemente al verte
o si vengo imaginando otros encuentros
quizá en la misma mesa
a través de los mismos sucios ventanales.


No voy a consentirte
No sabrás si el abrazo sutilmente alargado
al final de nuestras noches
tiene ausencia de ti

o es el más común de mis adioses.

martes, 19 de enero de 2016

El salón mágico

Ginebra entró en el salón con recelo, como en todos los lugares desconocidos, sin saludar, ni dar besos, ni con la mano…salvo a Carlos, a Carlos sí le besó. Carlos acababa de nacer.

Sus ojos recién estrenados buscaban las voces para oírlas con ellos, como el que lee con las manos. Y después se come las manos.

Ginebra lo miraba con tanta ternura que también le hablaba con los ojos y bajito, muy bajito, le empezó a contar su cuento preferido:

- Un día – comienza- un animalito muy pequeñito quería coger la Luna. Para comérsela.

Entonces, al compás de su voz, comenzaron a sonar los engranajes del salón. Todas las voces callaron y todos los ojos se volvieron hacia ella.

Crag, groing, crunc…

Aparecieron librerías repletas en el fondo, las luces se atenuaron y, bajo los pies de Ginebra, emergió tembloroso un escenario con dos pequeñas cortinas rojas.

Todos los familiares ocuparon sus asientos muy despacio.
Unos tenían cara de león, otros de cebra, otros de jirafa…y uno pequeño, pequeño, de ratón.

- Y ¡ñam! ¡Se lo comió!
 Y se fueron a dormir


Tras los aplausos, Carlos cerró los ojos y la familia retomó su conversación. El salón recuperó su mesa de café con los mandos de la tele, los marcos de fotos de la boda y el montón de ropa planchada en la silla.

Todo había vuelto a ser como era.

Menos Ginebra.

En su pecho, cuando mamá se acerque por la noche para besarla,  los engranajes de las historias ya no podrán dejar de oírse.

Una cuentacuentos acababa de nacer.


sábado, 31 de enero de 2015

Conversaciones (II)

Ginebra descubrió la Luna en la ventana de su habitación un domingo por la tarde.
Hasta ese día, no había sido más que un rastro luminoso que el abuelo buscaba al subir del parque en verano y que significaba recoger el cubo, la pala, las manos sucias y las carcajadas de columpio…”aioooo, nenes, paque”…
Con suerte, alguna otra noche, si el sueño no alejaba, como una pluma,  la voz de cuento de mamá, la Luna era el bocado exquisito del ratón, del mono, del zorro….de la tortuga… “zopa, mí a zopa, amón, teta”
Pero ese domingo, el domingo que descubrió la Luna en su ventana,  algo debió de decirle ella, algún anzuelo mágico le lanzó a través del cristal, que hizo que Ginebra, por primera vez en su vida, le devolviera la mirada y la palabra.
Por supuesto, ni mamá ni papá entendieron una sola frase de aquella conversación secreta. Ni una. Ni falta que hacía. Ellas se entendían como viejas confidentes.
Después de un rato relatándose secretos, Ginebra volvió a sus quehaceres de domingo por la tarde y preparó, en la cocina de juguete,  su ya famoso sándwich de queso y huevo frito.
Mamá se sentó a la mesa y esperó, como cada día, saborear las delicias de plástico y trapo que su hija le preparaba orgullosa, hasta que se dio cuenta de que a aquella cena, aquella noche, no estaba invitada.
Ginebra, con la cara del que se sabe en una misión importantísima,  volvió a la ventana y alzó sus manos, apretando muy fuerte los panes de tela para que no se cayera nada de lo que había puesto dentro… “oma, Nuna”…
Entonces mamá comprendió.

Estaba en cuarto creciente.

viernes, 17 de enero de 2014

Querido Cefe:

No puede imaginar cuánta ha sido mi emoción al recibir su presente. Tenga por seguro que el catálogo estará a buen recaudo y que no perderé oportunidad de exhibirlo cada vez que, como ya tengo por grata costumbre, cuente su historia en algún café de cristaleras empañadas.

Emprendo ahora, a mis 36 recién cumplidos, una misión de por vida: cuidar su colección de besos y ampliarla con todos aquellos que, etiquetados o no, ya están en mi haber.

Me alegro de que La Besería siga abriendo sus puertas cada día y de que sea usted el que sonríe detrás del mostrador. Sé que, aunque estemos lejos, ese lugar nos une inevitablemente y que nuestros encuentros se han quedado pendidos en el aire por el que transitan los besos.

Su envío me ha hecho recordar aquellos frasquitos y hasta parece que los puedo oír tintinear mientras los limpia en sus estanterías.
Recuerdo cuando destapó usted el beso indeleble y lo reconocí tan mío que tuve que poner rápidamente el taponcito de corcho para que no inundara todo el pueblo. Qué tardes maravillosas pasamos contándonos historias de besos...

Sólo me queda darle las gracias una y mil veces por su regalo y mandarle en este mismo sobre cerrado el beso inevitable que nos ronda.


miércoles, 18 de septiembre de 2013

Cicatrices I



De pequeña, obediente yo como ninguna,  era tan cuidadosa con los juguetes y las cosas que me decían que eran importantes, que, cuando llegó el momento de cambiar las muñecas por litronas, descubrí horrorizada que las más bonitas, aquellas con las que siempre me apeteció jugar, eran las que estaban más nuevas. Algunas, incluso, conservaban todavía el precinto alrededor de la cabeza para sujetar el pelo cuando las fui amontonando en la caja en la que reposarían durante años en algún altillo de la casa del pueblo. Me volvió a faltar valor y a sobrar edad para "desvirgarlas" y que pasaran por peluquería, como toda muñeca que se precie debe pasar.
Y ahora compenso aquella sensación esperando a que se despelleje el sofá para ponerle la colcha y no al revés, porque para taparlo con una colcha, tendría uno recogido de la basura y me habría ahorrado una pasta.
Y, al final, como con todo, acabo llevando la misma reflexión a un plano inmaterial y proclamo a los cuatro vientos que quiero dejar un cadáver asqueroso, lleno de cicatrices que cuenten mi paso por el mundo, con los remiendos a la vista y una sonrisa satisfecha que signifique que lo usé, lo sufrí y lo disfruté antes de que cierren la caja y se me caigan los párpados como a las muñecas...